
Retomo la tarea de escribir luego de ver una obra de teatro, como excusa para reflexionar un poco y compartir ideas.
Esta vez además con el agregado de ver en escena a un elenco formado mayormente por queridas y queridos amigas, amigos y colegas. Todas y todos, sin excepción, poseedores de un talento inmenso.
Además la puesta en escena y dirección está a cargo del querido Norberto Gonzalo, compañero con el que trabajé estrechamente en más de un espectáculo. Aún así trataré de poner a un lado el cariño para entrar en la reflexión sobre este espectáculo compuesto por dos obras del admirado Tito Cossa.
Me pregunto ¿por qué no se ve mucho más de su inmenso teatro en la cartelera porteña?
Cada una de las obras de su autoría que recuerdo (de haber trabajado en clases, en ensayos o leído) son una parte de la identidad porteña y también un pedazo de argentinidad. Cossa pintaba una época, pero principalmente a su gente, sus conflictos, sus anhelos más preciados sin por eso abandonar la realidad que los circunda. Realidad que atraviesa a cada personaje, lo moldea, lo endurece, lo quiebra, lo levanta y hasta termina por ponerlo en la encrucijada más feroz: asumir su presente, su lucha o rendirse.
Sus obras, como los clásicos, son atemporales. Aún aquellas escritas en los ’60 tienen total vigencia; quizás por esta costumbre nacional que tenemos de repetir ciclos históricos; quizás porque la tragedia humana se revive en cada época y lugar; quizás por la combinación de ambas cosas o simplemente se deba a que la genialidad de la pluma de Tito – heredera del grotesco criollo, del sainete y del realismo – supo encontrar nuestra quintaesencia.
Pero como el espectáculo se compone de dos de sus obras, vamos por partes…
LA ÑATA CONTRA EL LIBRO
Si bien es una obra que había leído y trabajado en clases con alumnos, esta fue la primera vez que la veo en escena. Inicialmente todos los elementos escenográficos de la puesta – una mesa pequeña, una silla, una tarima pequeña con su un micrófono, sectores apenas sugeridos por la luz – se hallan dispersos por el espacio con el orden aparentemente caprichoso que tienen los sueños. Patricio Gonzalo, el concursante numero 14, enfrenta con solvencia la imposible tarea de escribir un tango. Más difícil aún es su misión porque todo el universo tanguero le es completamente ajeno y cuanto más busque en su historia personal para conseguir «el tema» del tango, más se aleja la inspiración de su hoja en blanco.
Deliciosas y divertidas son todas las interpretaciones de cada uno de los personajes que lo acompañan; la siempre talentosa Elena Petraglia, su madre abnegada y sobreprotectora; Walter Ferreyra Ramos quien compone con gran acierto al conductor del concurso, tan inflexible como escondedor; Joaquín Cejas, su amigo, su ladero, fiel e ¿incondicional? y párrafo aparte para sutil y sorprendente composición de Déborah Fideleff, que interpreta al amor idealizado del concursante.





GRIS DE AUSENCIA (1981)
El segundo plato de este menú se sirve en la trattoría «La Argentina» en plena Roma. En esa capital europea una familia italiana ha cambiado tanto de lugar que la misma identidad le es esquiva a cada uno de sus integrantes. Esta pieza es una resistencia terca y tenaz por mantener las raíces a como de lugar y a la vez una profunda reflexión tanto en el momento de su escritura, en pleno exilio de muchos compatriotas, como en estos tiempos donde migrar en busca del destino es moneda corriente.
Quizás el campo de batalla más evidente sea la palabra, esa patria de la infancia que da nombre a las cosas y los afectos primeros.

El patriarca familiar, el abuelo italiano interpretado con gracia y soltura por Jorge Paccini, emigró a la Argentina en 1914, formó familia y en los ’60 vuelve con la prole completa a su Roma natal. Al momento de la obra es un hombre mayor, su memoria falla y mezcla momentos, personas, situaciones y lugares de su vida.
Sus hijos Lucía (María Nydia Ursi Ducó) y Chilo (José Manuel Espeche) son polos opuestos en la lucha identitaria. Ambos personajes son llevados adelante con tal verdad y compromiso que emocionan con su sola presencia en cada entrada.
Lucía defiende con fiereza el idioma paterno – y el de su marido, Dante -. Entiende pero se niega a comprender, aún a costa de la incomunicación con sus hijos.
Chilo, en cambio defiende con la vida cada palabra pronunciada en un castellano bien porteño y lunfardo. Perder un acento o un recuerdo es sinónimo de claudicar. Nada de Roma le parecerá bien y vive aferrado a las noticias «de allá», es por eso que un olvido puede tener el peso decisivo de su guerra interna.


Dante, interpretado magistralmente pode Hugo Dezilio, está en constante conflicto pero no por su identidad, sino por la supervivencia. Lleva adelante la trattoria, el negocio que les da de comer a todos, pero él es italiano, conoció a Lucía en Argentina y formó con ella su familia allá. Quizás para él «su lugar en el mundo» sea donde esté su familia.
Paloma Santos interpreta a Frida, hija del matrimonio de Dante y Lucía, que hace tiempo vive en España y está completamente integrada a un nueva realidad. Paloma siempre emociona en escena y con Frida también aporta la gracia justa para pasar algún que otro mal trago.
El otro hijo, Martín, sólo aparece en una llamada telefónica. También completamente adaptado a su realidad, quizás con demasiada tozudez, sólo habla en inglés y ni siquiera comprende el español de su hermana ni el italiano de su madre.

La puesta en escena que propone Norberto Gonzalo en ambas obras está resuelta con ingenio, facilidad y sencillez que se agradece. Apenas un par de movimientos en la escenografía, un cambio de luces y ambas propuestas conviven muy bien diferenciadas. Gran trabajo de Alejandro Mateo tanto en escenografía como en vestuario así como los arreglos musicales de Mariano Cossa que acentúan el clima y aportan identidad.
Una muy buena opción para los sábados a las 18 hs en el Teatro La Máscara (Piedras 736, CABA).
Para cerrar, retomo el hilo de la reflexión inicial. Cossa es nuestro, nos habla a nosotros, los habitantes de este país convulsionado. Quizás la razón de nuestro constante ir y venir en la historia sea la falta de identidad.
Pienso en las generaciones que, como la mía, pasamos por el proceso y sabemos lo que costó volver a tener derechos, los que disfrutamos de la democracia y vamos felices a votar (o a fiscalizar) en cada elección, o a cualquiera de las marchas o protestas, pienso en los que participamos activamente de la vida de las comunidades que integramos. Pareciera que eso no es suficiente.
Pienso también en quienes deciden no participar, quienes con desdén y decepción regalan sus derechos por una mejora prometida que nunca llega. Quienes prefieren los cantos de sirena, que desde cada pantalla encantan los oídos desatentos, antes que bucear un poco en la historia, para no repetirla. Sin conocer la historia perdemos identidad como pueblo y sin identidad no sabremos nunca que derechos defender.
No tomar partido nunca es una opción.
