
Se nos fue el flaco Villa.
La noticia nos partió al medio con un dolor duro como un carozo.
No es que el flaco no hubiese amagado con irse algunas veces, como para avisarnos, haciendo gala de esa vieja maña de actor con experiencia que inicia una salida y vuelve al proscenio con ritmo impecable para arrancar otro aplauso más antes del mutis definitivo. Pero aún así creo que todos nos negábamos a pensar siquiera en la bajada del telón.
No puedo separar su recuerdo de la sonrisa pícara y ladeada, o de la frase certera y provocadora que te decía como al pasar en medio de una discusión política, mientras tanteaba de reojo la reacción que te provocaba.
Compartimos varias cenas y sobremesas en el grupo de «Los Ñoquiteros»; una banda gloriosa que me aceptó desde hace algunos años y con la que revivimos anécdotas, soñamos futuros posibles y sobre todo a disfrutamos el presente.
Néstor, un gran y apasionado observador, sabía como pocos pesar cada signo de una película o una obra de teatro. Tuve el privilegio de recibirlo en la última obra que dirigí y de escuchar luego su devolución detallada y precisa, sin ambages, franca y nutritiva.
Brindaremos por vos, flaco querido, como seguro hubieses querido. Quizás Huguito, el pelado o Emilio harán punta en rememorar tus anécdotas más hilarantes y – porqué no – sobrevendrá algún silencio con tu nombre en cada sobremesa.
Me gustaría creer en esas supercherías y saberte doblando de risa subido a alguna nube, mirándonos a todos moquear por acá abajo. Buena gira, Villita y gracias por todo.
